A lo largo de siglos y siglos, el ser humano vivió bajo los signos de una comunicación sobria, escasa, lenta y cara. Así, escribir con artefactos meramente mecánicos y complicados, hacían del diálogo algo selectivo y espaciado, es decir algo especial. Se enviaba una carta, sellada por el gobierno y a veces perfumada o marcada con un beso… Y se ponía entonces toda la paciencia del mundo en esperar su respuesta. Yo tenía, por ejemplo, anigos en Francia, que me enviaban recados que tardaban hasta dos meses en llegar a mis manos. Hoy, el mundo es otro: la información es tan rápida, tan ferozmente simultánea y tan múltiple, que es imposible acceder a ella, y obvio medirla o calcularla. Se entremezclan Signal con Telegram, Instagram con Tik Tok, Email con Whattsapp y todo con nada. Pero… de todo ello lo único que deducimos es la seguridad de que nada permanece. Escribimos no para recordar, sino para eludir, es decir… Para olvidar, para incomunicar. Hoy, la saturación es algo así como la mejor garantía del olvido.
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