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A lo largo de siglos, escribir y recibir una carta fue algo que exigió mesura, esmero y paciencia. Así, se podia esperar por seis u ocho meses un sobre con una respuesta. Y además, solo se escribía para cierta gente muy seleccionada, y nada más. Ese fue el mundo que hizo posible a Kafka, a Flaubert y a Borges… Nada menos. Y entonces, sin saber cómo ni en qué momento, la irrupción de los dispositivos, las terminales y la programación digital, convirtió al planeta en una especie de transmisión en vivo, perpetua, simultánea, que además pareciera tener un crecimiento expansivo, infinito y demoledor. Por lo pronto, nuestros datos privados son ya cosa pública, nuestras preferencias una mercancía en subasta, y nuestra seguridad una expresión de la nostalgia. Y al cabo llegamos a este punto, en el que la sobreinformación es la regla, y el ser humano la materia prima de los procesos de la inteligencia artificial. Ok. Qué sigue.

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Gabriel Contreras Portafolio

Periodismo narrativo y redes sociales

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