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Son 21 títulos y tanto el Fondo de Cultura Económica como el Gobierno Federal lo celebran a grito abierto. Se puntualiza que su público meta es la milicia y los profesores de secundaria jubilados, así como sectores tradicionalmente olvidados por la distribución tradicional de las librerías. Imposible negar que la intención es buena. Sin embargo, hay algunos factores de desenfoque en este planteamiento. Veamos.

Primero. No se prioriza el factor lúdico en el contenido, excluyendo de sus beneficios a los niños, que son el verdadero futuro de nuestro país, no los soldados ni los integrantes de la llamada tercera edad. Esto es: se da por hecho que la narración en sí misma garantiza el interés por la lectura, y por tanto se olvida que la forma de expresión detona o inhibe la dinámica de la indagación, la sorpresa y el juego. Esta deficiencia se hace visible en el hecho de que entre los 21 títulos no existen libros de carácter fantástico, lúdico o enigmático dedicados plenamente a estimular la imaginación infantil. Es un hecho evidente el que ningún niño en este planeta alimentaría su imaginación creativa leyendo «Balun Canan» o «Breve historia de la guerra contra Estados Unidos «. Primera insuficiencia.

Segundo. Se trata de una selección autoritaria y absolutamente vertical. Esto es: no se sometió a concurso o licitación el establecimiento de la lista de titulos, ni el encargo de la empresa responsable del tiraje. Lo cual nos revela una visión ajena a toda tentativa de gobernanza y a toda consideración tanto de los mecanismos legales y económicos correspondientes como del área educativa y la sociedad civil. O sea, que en esta serie se publican los libros que le da la gana publicar a PIT y su equipo, descartando al sector educativo, al sector empresarial y a la sociedad civil. Esto significa que esta vez el Gobierno está al servicio de un escritor, y no de la ciudadanía. Otra vez nos la están metiendo doblada.

Tercero. La distribución de estos títulos privilegia la gratuidad y muestra al libro como una especie de dádiva o limosna cultural, ubicándolo en un lugar absurdo: el de los objetos sin valor. O sea, toda mercancía vale o cuesta «algo», una naranja, una jicama, un Gansito, todo excepto los libros, que son despojados así de toda estima y arrastrados a su posible uso como un sinónimo de un regalo del Gobierno. Obvio que esta serie editorial no es un regalo presidencial, sino una inversión con dinero público que debe, o debería, ser observada y regulada por la sociedad civil. No hay que agradecerle a ningún funcionario por este proyecto, porque para eso se les paga puntualmente cada mes.

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Gabriel Contreras Portafolio

Periodismo narrativo y redes sociales

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