En México vivimos los primeros indicios de una curiosa tendencia política oficial: un fascismo indígena, que se pone en juego al discriminar o excluir de ciertos proyectos o círculos a quienes tienen la característica de no haber nacido indígenas. Suena paradójico y absurdo, pero sucede que es real, y se acaba de hacer visible en relación con el caso de la escultura Tlali.
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