Se levantaba temprano para ir a repartir el pan de La Estrella Roja. Recorría el centro de Monterrey en bicicleta, sudoroso, acelerado, y un poco después ya estaba en el salón de clases, donde se enamoraría irremediablemente de la maestra de tercero.
En lugar de clavarse en las letras, Armando uso las aulas de un modo egoísta: aprendió a dibujar de manera puramente instintiva, y su mamá fue colgando sus dibujos en los muros de la panadería. Así fue como el joven Gerardo Cantú, aquel muchacho coahuilense, descubrió que ese jovencito, ese tal Armando, tenía talento, mucho talento, además de cierta atracción por la fiesta brava.
Aquella amistad creció,se extendería hasta el fin de sus vidas, y entretanto surgieron figuras de caballos, toros y torsos femeninos que Armando solucionaba lo mismo con el lápiz que con un pincel. A Gerardo le dio por recordar su infancia plagada de mineros y mujeres enlutadas…
Pasan los años.
Dibujar, dibujar, dibujar, como una obsesión, como un vicio. En eso se convirtió la vida de Armando.
Hubo un tiempo en el que vivió en la Ciudad de México, dibujando junto a Rogelio Naranjo y Sergio Arau… Ellos, los tres, trazaban imágenes para libros infantiles y textos educativos… Mientras tanto, sus amigos, los de Armando, se establecían en Europa: Gerardo Cantú entre Varsovia y Praga, Ignacio Ortiz en París…
Armando recorría la calle Lázaro Cárdenas y veía a los borrachos de Garibaldi con cierto aire de solidaridad… No aspiraba a divagar en Montparnasse ni en los cafés de la tierra de Kafka.. . A él, le bastaba con enamorarse, refrescarse de noche la garganta, y dibujar con paciencia y destreza japonesa.
Yo lo conocí tarde, junto a un grupo de gente divertida y ocupada en procesar libros: José Ángel Rendón, Alfonso Reyes Martínez, Francisco Villarreal, Renán Moreno y Humberto Salazar. Debo decir que a Armando no le interesaba tanto el trabajo en esos momentos, sino contar historias, surfear entre risas dibujar toros y darle vueltas a sus recuerdos.
Y de pronto plaff… lo perdí de vista. Estaba enfermo, supe, y dejó de asomarse. Pero sé que seguía dibujando y pintando en la intimidad…
Hasta que mucho más tarde llegó La Pandemia y le impidió de plano salir a la calle. En fin que mi amigo está muerto. Para mí, sólo está un poco desaparecido, pero… Ya pasará. La muerte, lo sabemos bien, muy bien todos, es solo una broma de mal gusto.
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